En español, por favor.

En español Recuerdo cómo me sorprendió, en un viaje que hice a San Juan de Puerto Rico hace mucho tiempo, la utilización del español por parte de los puertorriqueños. Es lo que llaman “spanglish”, en el que nuestro idioma se mezcla como en una ensalada con el inglés. En el recibidor (que no hall) de un buen hotel, un aparentemente potentado empresario nativo, se precipitaba hacia los ascensores: “Mejor tomemos el elevator que vamos con apremio”. La incorporación al lenguaje de términos anglosajones, por cierto, pronunciados con un exquisito acento, es frecuente y recurrente. Y es habitual en la América caribeña con ascendencia norteamericana y hasta en algunos condados del sur de los Estados Unidos.

No sucede lo mismo en Hispanoamérica que, salvo en Brasil, el español –allí no dicen “castellano”- es hablado muy correctamente, con sus correspondientes acentos, claro, pero con gran riqueza lingüística. Llama la atención cómo en esta gran zona el inglés lo hablan muy correctamente muchos de sus habitantes e, igualmente, con una gran pronunciación. La razón, al parecer, es que allí las películas y series de televisión estadounidenses o británicas no son dobladas, adaptándose el oído con gran facilidad al acento anglosajón.
Por lo que respecta a España, no hay duda de la conveniencia de que se hable bien en una segunda lengua, principalmente el inglés, y nadie discute lo recomendable que es  dominarlo. De hecho, en los últimos años la progresión en este sentido es palpable y la mayoría de nuestros hijos, a diferencia de nosotros, entiende y se expresa perfectamente en la lengua de Shakespeare.

Pero una cosa es la oportunidad y conveniencia de que hablemos correctamente el inglés, pues es innegable su uso y dominio en el tráfico mercantil, laboral y de negocios, y otra es que ese idioma invada al nuestro pervirtiéndolo y forzándolo a un indeseado “spanglish”. Recientemente se ha hecho “viral” –al menos ese término, virus, procede del latín-, un video en el que se denuncia a través de las redes el abuso del uso del inglés a la hora de comunicarnos. Con un original argumento, el mensaje, repleto de términos anglosajones, confunde al consumidor que termina comprando lo que no desea. En los centros de trabajo -la gente joven padece más esa contaminación-, en la televisión, en la publicidad o en el deporte estamos hostigados por anglicismos que se nos clavan como dardos, cuando el español posee recursos más que suficientes para traducirlos de forma eficaz a lo que se persigue, pues éste es uno de los argumentos que utilizan los que abusan de ellos.
Con lo bonita que puede ser una “pena máxima” en lugar de “penalti”, “aparcamiento” en lugar de “parking” o “moda” en lugar de “fashion”. Hay cientos, pero las más dolorosas son las que rompen una idea evocadora. ¿A quién se le ocurre utilizar “brainstorming” en lugar de “lluvia (o tormenta) de ideas”? Nadie sabe lo que es un “Offshore” pero sí lo que es un “paraíso fiscal”. ¿Pretenden confundirnos?

En Radio Nacional, en el programa de Pepa Fernández “No es un día cualquiera”, que se emite por las mañanas todos los fines de semana, hay precisamente una sección en la que se denuncia la “invasión inglesa” hasta situaciones que llegan a ser absurdas. Y se defiende el español, como no podía ser menos, pues al fin y al cabo posee mejores y más ricos recursos.

Mi anterior “Raposera” versó sobre el Arte de la Tauromaquia. Ahora caigo que es un reducto todavía a salvo de esta invasión. Aunque alguno estará tentado de compartir con sus amigos un “Afternoon Bulls”. Valiente memez.

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